El Ombret musulmán, 711 - 1.248 DC

En el año 710 se produce la muerte del rey visigodo Witiza, que nombró a uno de sus hijos heredero al trono, lo que vino a romper con la tradición sucesoria, lo que provoca luchas internas de poder. La familia de Witiza, solicita la ayuda de los musulmanes que recientemente habían conquistado todo el Norte de África, y a los que en su vocación expansionista el salto a la península encajaba plenamente para la conquista de Occidente.

Alquería

De esta forma, en el 711, un ejército de árabes y bereberes bajo el mando de Tarik cruza el estrecho de Gibraltar y vencen al ejército de Rodrigo, el último rey visigodo, lo que iniciaba la conquista de la Península, que se produjo en un periodo de tiempo excesivamente corto, teniendo en cuenta que se trataba de un vasto territorio y un ejercito poco numeroso. Sin duda, la causa de esta conquista relámpago, de forma casi incruenta, fue la escasa resistencia que opuso la población autóctona, que en muchas ocasiones había sido peor tratada por los reyes visigodos que por los árabes, los cuales fueron respetuosos con los señores y con la Iglesia, permitiéndoles mantener su organización y privilegios. Por ello, la dureza de los sistemas sociales previos convierte a los musulmanes en libertadores.

Las tierras dominadas por la fuerza de las armas, pasaban a propiedad de los musulmanes, que las administraban permitiendo a sus ocupantes originales permanecer en ellas, siempre que pagaran un tributo en concepto de arrendamiento. En los territorios dominados a través de pactos de capitulaciones, los propietarios mantenían su derecho de acuerdo con lo pactado, aunque también pagaban un tributo de acuerdo con lo convenido, y se sometían a la autoridad de los musulmanes. Por el contrario, en el caso de los tratados de paz, el territorio gozaba de cierta autonomía, permaneciendo en una situación de protegidos-aliados, a los que se garantizaba libertad religiosa, libertad personal y el mantenimiento de sus propiedades, si bien, tenían que pagar tributo a los árabes.

En estas circunstancias, la mayor parte del territorio, firmo pactos de capitulaciones, tal fue el caso de Sevilla.

Durante los cinco siglos de dominación islámica, Sevilla desempeñó un papel político y cultural de primer orden. El nombre romano de Hispalis se trocó por el de Isbiliya, desde que la ciudad fue conquistada en el año 712, tras el asedio de Musa ben Nusayr. En el transcurso de los siglos VIII y IX, numerosos contingentes árabes fueron asentándose en Sevilla, especialmente de yemeníes y kalbíes, con supremacía de los primeros, que se fueron mezclando con la población autóctona. El elemento árabe fue, en todos los tiempos, predominante en Sevilla y su tierra, y algunas familias desempeñaron un papel político, muy importante, hasta el siglo XI. Destacaron, entre los yemeníes, los Banu Hawzan, Banu Jaldun, Banu ‘Abbad y Banu l-Hayyay; y entre los kalbíes, los Banu Hazm, Banu l-Yadd y Banu Sur. En el valle del Guadalquivir, en sus tierras bajas, encontramos representantes de los grupos de Lajm, Hadramawt, Yahsub y Tuchib, entre otros.

Al-Razi

Tras la dominación del territorio, se produce la recepción de un fuerte contingente migratorio de árabes, en grupos de distinta procedencia. Musa ibn Nusayr, con un nuevo ejército de árabes, avanza por Medina Sidonia, Sevilla y Mérida, encontrando gran resistencia. No obstante, sale victorioso y en 713 incorpora Sevilla al Islam, continuando hasta Toledo hasta confluir allí con el jefe bereber Tarik , que había seguido la ruta de Córdoba. Con ello, la dominación árabe, se implanta en todo lo que se dio en llamar Al-Ándalus. Este hecho va a suponer una transformación histórica para Andalucía, al quedar inserta en el gran Imperio Islámico y separada de la civilización occidental a la que hasta entonces había pertenecido. Las grandes zonas de poblamiento árabe estaban en la actual Andalucía.

Entre el 714 y el 755, Al-Ándalus estuvo gobernada por walis dependientes de Damasco, en medio de un clima de constantes tensiones. El inicio de la época de estabilidad comenzó con la llegada a la Península de la dinastía Omeya, que convirtió el territorio en un emirato independiente, que gobernó hasta el 912. Aunque en un principio se organiza el territorio sobre la base de los condados y obispados visigodos, los musulmanes imponen una nueva regionalización, sin tener en cuenta la romana, sobre todo en el sur. El número de provincias de la España musulmana es variable , y aunque en principio se dividen en seis, con el paso del tiempo se llega a tener más de 20 provincias, a las que hay que llamar coras. historiaNoria

Las villas romanas del Aljarafe fueron ocupadas por los árabes, quienes bautizaron la región con el nombre con que hoy se la conoce (al-Saraf, otero, terreno elevado), impulsando su agricultura con la erección de acequias y la plantación intensiva y extensiva de olivares, higuerales y viñedos: estos últimos, pese a la prohibición coránica, abastecerían de caldos a la mozarabía y a los propios musulmanes impregnados del influjo local. Las casas de labor de los romanos pasaron a convertirse en alquerías islámicas. Los restos arqueológicos de origen andalusí, hallados recientemente en la Hacienda de Lópaz, en el término municipal de Umbrete, ponen de manifiesto la existencia en esta zona de una alquería musulmana de explotación agrícola.

Con la dinastía andalusí de los Omeya, en Al-Ándalus se alcanzan las más altas cotas en las ciencias, la filosofía, las artes y la técnica; y todo ello en total contraste con la situación existente en el resto de la Península y Europa. La aportación andaluza a los pueblos en todas las materias antes citadas fue de un valor extraordinario para el posterior desarrollo de éstos. En Sevilla, Al-Mutamid, El Edrisi, Ibn-Saffar, El-Himyari o Al-Saqundi, entre otros poetas, historiadores y visionarios, ennoblecieron con sus cantos y relatos las excelencias del feraz territorio, describiéndolo como un inmenso mar de olivos que se extendía hasta la amurallada Niebla, como un verde tapiz donde la luz apenas podía penetrar.

Es este un período donde se práctica en toda Al-Ándalus, de forma muy acusada, la estrecha convivencia e interinfluencia entre los diversos grupos étnicos que poblaban su territorio, y que podían diferir en aspectos superestructurales, como la religión, pero que participaban de una estructura cultural común de mediterraneidad. Además, la práctica de la solidaridad con otras etnias y pueblos no mediterráneos es otro dato importante que nos ofrece la historia. En definitiva es en esta época cuando la sociedad andalusí conoce su máximo esplendor.

La tremenda riqueza de Isbiliya y de las alquerías de su provincia siempre destacó entre todo Al-Ándalus. Por ello, se alternaron largos periodos de tranquilidad con época de amotinamientos (el yemení Sa'id al Yashubi, en 773) e invasiones (normandos, en el año 844, provocando un mes y medio de saqueos por toda Andalucía occidental), siendo salvada por las tropas cordobesas de Abd al-Rahman I y Abd al-Rahman II, respectivamente.

En el 929, Abd al-Rahman III rompe su dependencia formal con Bagdag, y se proclama califa independiente de Damasco. Comienza así una nueva etapa en Al-Ándalus. Pero a la muerte del Omeya Al-Hakam II en el año 976 entra en grave crisis el Califato andalusí. Las luchas internas por ocupar parcelas de poder es a partir de entonces toda una constante.

La dinastía abbadí funda en 1023 el reino de Sevilla, independizándose así de Córdoba. La irremediable caída del califato Omeya cordobés en 1035 provocó la desintegración de la unidad territorial andalusí, surgiendo una serie de reinos independientes (taifas), entre los cuales se encontraba el de Sevilla. Durante el período de gobierno de los monarcas abbadíes, Isbiliya alcanzó no sólo su máxima expansión territorial, conquistando otras taifas, y llegando así desde el Algarve hasta Murcia, sino también una total preponderancia sobre las demás. Inolvidables resultaron los reinados de al-Mutadid (1042-1068) y, sobre todo, el de su hijo al-Mutamid (1068-1091), el rey poeta que acabó tristemente sus días desterrado en Agmat, recordando las excelencias de Isbiliya.

Paralelamente, una intensa presión militar y tributaria hizo que el reino sevillano estuviera hipotecado al de Castilla y León. Para frenar el ansia expansionista de Alfonso VI, los reyes musulmanes de Badajoz, Granada y Sevilla, entre otros, acordaron pedir auxilio del exterior, y no había otra fuerza más próxima que la de los beréberes africanos almorávides. A la postre, el poder almorávide se revolvió contra los propios reinos de taifas, adueñándose de Sevilla en el 1091.

Alquería

La extremada rigidez religiosa y la intolerancia social impuestas por esta dinastía desencantó al pueblo. Todo ello, unido a la amenaza que representaba el rey castellano Alfonso VII, provocó la llegada al país de los almohades, quienes desembarcaron en Cádiz en 1146, e impusieron en 1163 a Sevilla como capital administrativa de Al-Ándalus. Por fin llegaron los días de bienestar y prosperidad.

La agricultura mejoró su producción gracias al regadío (recuperación de técnicas de regadío romanas), para lo que fue necesario la implantación y construcción de norias, acequias y canales, los tres métodos principales introducidos en esta época. Esto permitió obtener un gran rendimiento de la tierra y abastecer la amplia población urbana y la introducción de nuevos productos y prácticas hortícolas hasta entonces desconocidas. Adquirieron especial importancia aquellos productos de rentable comercialización (aceite, vino, naranjas, hortalizas, etc.) o de utilidad artesanal.

Los árabes no solo mejoran las técnicas de cultivo, de irrigación de la tierra y de elaboración del aceite, sino también las de fabricación de grandes tinajas para su almacenamiento. Ellos fueron en gran parte los descubridores de los usos medicinales, cosméticos y culinarios del aceite, algunos de los cuales todavía siguen vigentes en la actualidad. El cultivo del olivo mejoró mucho durante el califato de Córdoba; el valle del Guadalquivir albergaba, sin género de dudas, las mejores explotaciones oleícolas conocidas.

Al contrario de lo que sucedía con el cereal, el aceite producido en Al-Ándalus era exportado en grandes cantidades fuera de sus fronteras. Sin duda alguna, la zona productora de aceite más importante de la península estaba el Sevilla, concretamente en la comarca del Aljarafe, superando incluso a la cora de Jaén, cuya producción estaba muy por debajo. Dice al-Razi: “El Aljarafe tiene 45 millas de largo por otras tantas de ancho; produce un aceite excelente que los barcos exportan a Oriente; su producción es tan abundante que, si no se exportase, los habitantes no podrían guardarlo ni obtener de él el menor precio” Al-Udrí añade a estos datos que el aceite aljarafeño “conserva su olor claro y su dulzura durante varios años, sin que pierda su sabor o se vuelva espeso”. En general, la mayor parte de los geógrafos describen al Aljarafe como un inmenso campo, todo cubierto con el verde tapiz de los olivos. Hacia mediados del siglo XII, Abu Sacaría señala la enorme extensión ocupada por olivares que rodeaban Sevilla y la excelente calidad del aceite elaborado en esta zona. Tanto progresó la oleicultura andaluza bajo la dominación musulmana, especialmente en la región del Aljarafe, convertida en un frondoso bosque olivarero, que los vocablos ajarafe o jarafe , se utilizaron como sinónimo de olivar bien cultivado.

Destacó también el cultivo de viñedos y la elaboración de sus vinos, cosechando unos caldos muy reputados por su calidad y abundancia, que podía conservarse sin fermentar durante un año a bajas temperaturas y con el nombre de “mosto”, y a día de hoy se sigue celebrando como una peculiar tradición vinícola arraigada en la historia del Aljarafe conocida en la época andalusí bajo el término de “al-mustar”.

El papel del vino en la literatura árabe clásica que dedicó miles de poemas, novelas y prosas en resaltar sus alegrías y apreciar su acoplamiento a la diversión y al ocio, llegando a plasmarse como estilo literario denominado “al-jmriyar” (la poesía consagrada al vino). El último rey poeta de Sevilla, al-Mu'tamid b. abbad efectuaba con frecuencia salidas de recreo por el Aljarafe en compañía de su favorita la reina I'timad al-rumayqiya y sus más allegados amigos, donde aprovechaban la sombra de sus árboles y la belleza de sus flores y el cante de sus pájaros para pasar el día degustando los mejores vinos y componiendo versos poéticos.

En la elaboración del mosto, se seleccionaba una vid denominada por los aldeanos como “al-kurum” (la cepa primeriza). Según Ahmed Tahiri, la propiedad más notoria del Aljarafe se llamaba “demnat al-Balaqi” dependiente de la hacienda conocida como “Masyar al-Balaqi” (Cortijo de Majalbarraque), cuya localización coincide con el actual término de Umbrete, que supo conservar hasta la actualidad la histórica y original tradición del mosto.

Al-Hakam

No obstante, el cultivo de la vid estuvo a punto de sufrir un significativo retroceso en la época califal, por cuestiones religiosas, ya que el Islam proscribe el consumo del vino. Pero es de sobra conocido que, a pesar de esta prohibición, los árabes y bereberes de Al-Ándalus incorporan esta bebida a su dieta, a imitación de lo que hacían judíos y cristianos. Incluso parece que el cultivo de la vid experimentó una cierta expansión en época musulmana, pues no hemos de olvidar además el consumo que se hacía de uvas frescas y pasas. Se dice en algunos libros que el Aljarafe era la segunda comarca productora de vinos de Al-Ándalus, por detrás sólo de Cádiz, que tenía una cepa propia. Es cierto que algunos manuales de almotacenes prescribían severas medidas contra la venta y consumo de vino; por ejemplo, en los Ahkam al-suq de Yahyà b.‘Umar se ordena la destrucción de ciertos calderos de cobre que, al parecer, sólo se utilizaban para contener el vino, con el fin de impedir su consumo; asimismo, la Risala de Ibn'Abd al-Ra'uf prohibía a los musulmanes comprar vino de un cristiano so pena de derramarle el preciado líquido, castigarle y emplear su precio en limosnas; según este mismo texto, se desaconsejaba a los musulmanes tomar asiento ante las casas de los judío s sospechosos de vender vino. Se podrían aducir muchos más ejemplos. Así, el califa Al-Hakam II (hijo de Abd al-Rahman III) decide en el 966 el arranque de los viñedos del país, medida que por ilusoria le fue desaconsejada por los que estaban a su alrededor. Por tanto, debían existir viñedos en todos los lugares, al pie de las laderas cubiertas de olivos, aunque su cultivo sería más intenso allí donde las comunidades cristianas fuesen más importantes.normal_orkahwa

Tras la derrota almohade de las Navas de Tolosa, en 1212, la presión de los reinos cristianos del norte fue haciéndose cada vez más fuerte, y las diferentes taifas fueron siendo conquistadas. El 23 de noviembre de 1248, las tropas cristianas del rey castellano Fernando III entran triunfales en Sevilla, una ciudad fantasma en la que han sido obligados a salir todos sus habitantes.
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